Quisiera narrar mi experiencia y la de Gordo al convertirme en mamá por primera vez, aunque más bien por segunda, ya que Gordo es como un hijo para mí. La maternidad cambia la vida de las familias de forma radical y esto también se refleja en la relación que se tenía con los perrunos. Acompáñame a conocer cómo nos ha impactado, a Gordo y a mí, la maternidad.

Gordo siempre fue el amor de mi vida. Desde que lo conocí en un parque en Guadalajara (historia que dejaré para otra ocasión), supe que teníamos que estar juntos. Vivimos tres años siendo solo él y yo. Todos los días y las noches juntos. Fines de semanas de inmensas aventuras, paseos diarios por avenida Tepeyac, largas carreras en el parque metropolitano, visitas al café de perros y muchas películas en nuestro hogar.

Pasaron esos años y de pronto conocí a Carlos. Tenía miedo de presentarlo con Gordo ya que solía ser muy posesivo conmigo y así fue, cuando los presenté Gordo lo odió, lo ignoraba y gruñía si lo veía cerca de mí, era como si supiera que ese hombre alto y barbón iba a alterar nuestra díada perfecta y tuvo razón. Pocos meses después Gordo se enamoró de Carlos, parecía incluso que lo quería más que mí. Y así, nos convertimos en tres: noches de series en Netflix, viajes en automóvil, visitas a la glorieta chapalita, pizzas en el café de perros… En esos tres años lo más cerca que me sentía de la maternidad era gracias a Gordo; noches sin dormir por sus ronquidos, idas al veterinario por su dificultad para respirar, campañas de vacunación, baños para quitar el lodo de los paseos, preocupación por dejarlo solo al ir a trabajar. De pronto, Gordo se empezó a comportar extraño, se bajaba de la cama y lloraba, no quería mis besos. Lo que pensé podía ser una enfermedad, se convirtió en una prueba de embarazo positiva. Valeria venía en camino y Gordo lo supo antes que yo. La maternidad ahora sí se volvería más real.

Desde el embarazo intentamos preparar a Gordo para los cambios que venían, no queríamos que le afectara de forma tan drástica, así que comenzamos a actuar poco a poco. Le compramos una cama para que se fuera acostumbrando a dormir abajo de la cama ya que queríamos hacer colecho con Valeria tal como lo habíamos hecho con él en sus primeros años de vida, comenzamos a darle paseos a una hora exacta ya que esa rutina le daba tranquilidad, lo acercaba a mi panza para que comenzara a darse cuenta de que había llegado otro miembro a la familia, lo llevaba a su parque favorito y trataba de acercarlo a convivir con niños y bebés, y le ponía videos de bebés en YouTube para que se familiarizará con sus risas y llantos.

El día de ir al hospital llegó y yo estaba más tensa por dejar a Gordo solo tanto tiempo que por el parto. Valeria estaba aquí, era hermosa, contaba las horas para poder reunirla con su hermano mayor. Desde que se vieron se quisieron muchísimo, pero aun así a Gordo le ha costado bastante este cambio, es como si sintiera que ya no es el centro de atención como lo había sido por tantos años, de repente se muestra con una necesidad bastante tosca de que lo acariciemos y estemos cerca de él. También a veces se cuela en medio de Valeria y de mí reclamando amor, insiste en subir a la cama a jugar con todos; si Valeria quiere jugar y él está cansado, la ignora totalmente dándole a entender que no es momento de juego, entre otras conductas perrunas que tiene.

Con estas novedades familiares ya llevamos un año juntos, el tiempo vuela y aunque Gordo disfruta dormir en su camita porque tiene más espacio que antes, a veces veo su mirada anhelando estar en la cama cerca de mí y créanme que yo también lo extraño bastante. Me encanta verlos juntos. Valeria ama gatear hacia él y jalarle la cola, cosa que Gordo odia y que estamos tratando de corregir para que Valeria aprenda a amar y respetar a los perros. Diario paseamos por el parque, Gordo va feliz cuidando a su bebé, pareciera que la maternidad le queda perfecto.

El primer sonido con más forma que hizo Valeria fue “guag guag” y sabe perfectamente que perrito y Gordo son lo mismo. Suelen salir al pasto a jugar juntos, se persiguen y se trepan uno al otro. Les encanta jugar con las pelotas, Gordo las toma con el hocico y Valeria se las quita y se las vuelve a aventar. Cuando Valeria está cansada va y se acuesta encima de él y aunque noto que esto no le encanta a Gordo, se resigna, suspira y se vuelve a quedar dormido. También nos encanta ir de viaje en la camioneta, Valeria va en su silla y Gordo con su cinturón de seguridad perruno, se notan tan tranquilos y felices de ir a toda velocidad.  Una parte difícil ha sido controlar la caída de pelo de Gordo, cosa que me pone loca porque Valeria ama ir detrás de los pelitos y los mete en su boca. Además de que Gordo suele ser muy tosco en sus movimientos y la tira a cada rato.

En fin, para mí lo que Valeria está aprendiendo al lado de Gordo no tiene precio, el amor a un animal te hace descubrir la bondad y la nobleza. Te hace amar de verdad. Creo que somos una familia muy feliz y aunque ha habido ocasiones en que Gordo tiene que irse a pasar unas pequeñas vacaciones con su abuelo, todos los días le demuestro mi amor y lo hago sentir parte de esta familia. Esperemos que todo siga yendo bien, aunque tengo un ligero temor, Gordo otra vez comienza a comportarse raro. Creo que tendremos que ir a la farmacia.

En Dog Dog Encaminando a Tu Perro estamos felices de toparnos con familias como la de Gordo en la que en realidad viven con un perro y no sólo lo tienen. Contamos con programas especiales precisamente para lograr una transición armoniosa cuando llega un nuevo humano a la familia, ¡contáctanos!

Gaby Gerez